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Una interesante historia para reflexionar sobre la sobreprotección.
Un día el pequeño canguro sacó la cabeza por el agujero de la bolsa y dijo: mamá, qué grande que es el mundo! mamá, puedo ir a ver cómo es?
Ya te le enseñaré yo, no hace falta que salgas de la bolsa.Te podrías hacer daño, o encontrar malas compañías y exponerte a peligros innecesarios! dijo la mamá mientras acariciaba dulcemente su pelo suave-Yo soy una mamá responsable y decente-El pequeño canguro suspiró, calló, y se quedó quieto dentro de la bolsa.
Pero el pequeño canguro crecía, se hacía grande, y cuando casi no cabía dentro de la bolsa, la mamá le ordenó:' Te prohíbo que crezcas'. Y el pequeño canguro, que era muy obediente, paró de crecer en aquel mismo instante.
El pequeño canguro, desde la bolsa veía cosas y hacía preguntas a la mamá. Era un chico inteligente y todo lo encontraba interesante. Pero la mamá canguro estaba muy molesta porque no encontraba respuesta a las muchas preguntas que su hijo le hacía. Al final le dijo: 'Te prohíbo que hagas preguntas'.Y el pequeño canguro no preguntó nunca más.
Un día las cosas estuvieron a punto de arreglarse.El pequeño canguro, desde su lugar de observación, vió una cangurita preciosa. Mamá! dijo- me quiero casar con aquella cangurita-
Ay, respondió la mama! Ya quieres abandonarme para irte con cualquiera! Te prohíbo que te cases! Y el pequeño canguro no se casó.
Cuando la mamá cangura se murió vinieron a sacar al pequeño canguro de la bolsa de la difunta. Era un animal extraño. Su cuerpo era pequeño pero en cambio, tenía cara de viejo.
Cuando le dejaron en el suelo, todo su cuerpo se cubrió de un sudor muy frío-Tengo miedo- dijo- Por favor, me pueden poner en el hoyo de aquel árbol?
Y el pequeño canguro se pasó el resto de sus días mirando el mundo desde el árbol. De vez en cuando decía: Realmente, qué grande es el mundo!
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Tan interesante como la historia, es la reflexión que de ella saca su autor Lluís Folch i Soler. He leído la reflexión en Bilbolunya
El núcleo fundamental de esta historia es un problema de desprendimiento por sobreprotección.
Sobreprotección quiere decir proteger en exceso, proteger más de lo que conviene. La protección de los pequeños es muy necesaria, tanto, que la naturaleza nos ha marcado genéticamente con un instinto que nos empuja obligatoriamente, es el instinto maternal. Ahora bien, la protección es necesaria en la medida de la incapacidad del niño. Si la protección no cediese proporcionalmente a la aparición de las capacidades del niño para resolver sus problemas, le negaríamos la posibilidad de hacer y sobretodo, de hacerse. Le negaríamos la libertad.
Las tendencias a la permanencia y a la progresión se alternan continuamente como un motivo de fondo de nuestra conducta. El progreso o la progresión, es el resultado de la tendencia a mejorar, a hacer, a resolver problemas; la permanencia es la actitud correspondiente a la tendencia a la quietud, al reposo. La protección satisface la tendencia a la permanencia porque permite el reposo tranquilo y reparador, porque da seguridad.
Pero la tendencia a la progresión también da satisfacción, porque da seguridad para lanzarse a la lucha, a trabajar, a resolver problemas con esfuerzo personal. La sobreprotección es un desequilibrio de la función protectora, es el predominio del instinto maternal que nos empuja a formas de protección muy primitivas, propias de las edades en que el niño no sabe ni puede hacer nada solo. La sobreprotección fomenta la tendencia a la permanencia, a la regresión, y fija al niño en posiciones de indiferencia personal, de simbiósis con la madre protectora, sentado en su falda, o dentro de la bolsa de la madre canguro.
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